Paredes que hablan
Tadeo Mengide
Las paredes siempre escuchan todo, encierran el silencio que habita cuando se apagan las luces. Las voces del camino confiesan los pecados cometidos como si no hubiera nadie, acaso solamente una —Esa— pared, que los hubiera oído.
Sin embargo, hay diferentes paredes, de muchos tamaños y colores, pintadas y áridas de vida; algunas rotas, otras tantas revocadas o a medio terminar; otras desangradas en ventanas abiertas como venas por donde respira la vida de quién sabe cuánta gente y cuántas cosas; hay paredes testigos que observan delitos y callan horrorizadas; aquellas que ven llorar a un niño solo en su propia oscuridad y quisieran abrazarlo y consolarlo, imposibilitadas por su rígida naturaleza, por su mansa quietud de piedra; también hay carceleras de horas largas, de llantos desesperados de encierro y secretos muertos: de una vida que ya no existe.
De esta misma manera, y así como existen tantas paredes como cosas en el mundo, también están aquellas que rompen su mundo expectante, ese alma de balcón, y que hablan; son esas paredes que no soportan formar parte del equipo mudo al que pertenecen, sino más bien, por el contrario, estas otras paredes abrazan el discurso ajeno hasta volverlo propio, se inmolan en versos diáfanos que ya no tienen dueño, sino su propia piel de ladrillo, necesaria para seguir viviendo; en carteles que las ocupan como medalla de una voz que no puede silenciarse, son parte del mundo, son el eslabón que conecta al artista con su público, al amante con su amada: estas paredes responden a la vida no cumpliendo una función meramente arquitectónica, sino más bien como una esfinge, como un símbolo terrenal y humano del arbitrario paso del tiempo, de la mano que siguió escribiendo —aún— sin notar su propia verborragia. Estas paredes inventan su nombre para no acoplarse al olvido de otras miles, tácitas y derrumbadas que han caído sin saberse desplomadas, muertas en escombros inservibles.
Es esta última diferencia la que se ve ampliada en esta voz, en este grito que ayuda a dar a la gente—estas paredes— que son más que eso, que portan y hacen de escenario frente a la censura; muestran, como esfinges de una contracultura, aquello que debe ser compartido, muchas veces (y por lo mismo) aplacado, entre la gente, para adentrarse en lo popular y en lo colectivo de manera contestataria a cualquier fuerza que quiera —o intente— detener ese movimiento. Las paredes rinden homenaje a lo que se ha construido, a lo que la humanidad ha hecho en el pasado, acompañando así la historia con sus infinitos ladrillos.
Por lo mismo siguen siendo y siempre serán el lugar desde donde se sigan construyendo las nuevas paredes de un mundo nuevo, haciendo las veces —en el futuro— de cimiento, ya olvidado su rol de pared, para que otras sostengan —también— el grito nuevo de la humanidad.
historiasAweb
























